De regreso a casa hicimos una pequeña escala en Madrid, en casa de mis abuelos Pilar y Luis Fernando. Era ya prácticamente invierno, así que notaba algo menos de luz, pero en esa casa lo que echaba de menos, y que no había reparado del todo en Bogotá, era a Manolo, el perro tan querido por mis abuelos y al que yo desplacé durante unas semanas ocupando su territorio y acaparando toda la atención; a pesar de ello, se portó especialmente bien conmigo, observándome, siguiéndome, pero siempre manteniendo una prudente distancia. Realmente, como dicen mis abuelos, debe ser un perro muy inteligente.
En Madrid fueron pocos días, pero muy intensos. Recibí más visitas, entre otras la de los tíos “gamanes” (Sergio, Jaime y Jorge, con sus mujeres) que vinieron desde Barcelona y Valencia sólo para conocerme... y meterse unas buenas comilonas. Dicen que también fue a Madrid el tío Yeti, pero que su impredecible salud lo obligó a volver a Alicante antes de poder verlo. Todavía no sé lo que significa eso de Gamanes, pero sé que yo también soy “un gamancito” y que hay dos más que vienen en camino, los mellizos (ojalá mellizas) de Cristina y Jorge.
El último día,gracias a la casualidad, conocí a la prima Angela que iba de camino a Popayán con Álvaro y sus hijos, Nicolás y Natalia, quienes viven en Guinea Ecuatorial.
Se acababan las vacaciones: el viaje de regreso fue algo aburrido, pasamos el día entero en el avión y ya son demasiados vuelos en tan poco tiempo. Aunque logré dormir profundamente, los momentos en los que estuve despierto no pude estar tranquilo, así que fue (y fui) un poco pesado. Finalmente aterrizamos en Dubai, después de un último vuelo lleno de argentinos que venían hasta aquí, según contaban algunos incluso endeudándose hasta las cejas, sólo por ver un par de partidos de fútbol...
Cuando llegamos a casa, tenía unas sensaciones extrañas, después de 5 semanas fuera. Tumbado en la cama de mis papás, miraba para todas partes intentando reconocer los cuadros y todos los objetos a mi alrededor... ¡Creo que ya no lo recordaba!
Los días siguientes fueron algo confusos, sobretodo los momentos en que sentía sueño pero aún no era la hora de dormir, o cuando quería jugar pero estaba completamente oscuro. Poco a poco, sin mucha prisa, me fui acostumbrando al horario del desierto, hasta que conseguí dormir de noche y estar despierto durante el día. Quien sufrió más, de cualquier modo, fue mamá, a quien por mis horarios le costó mucho más trabajo adaptarse y superar el jet lag.
Ahora he cumplido mi quinto mes y he tenido visita al Doctor MAC: otra vez me puso una vacuna, y esta vez no grité con el pinchazo, sino cuando entró aquel líquido espeso en mi pierna. Además, constató lo que todos notaban y sobre todo mi abuelita Isabel insistía: he crecido una barbaridad durante este mes, más o menos 5 cm y 1 Kg.
El Doctor MAC sugirió que ya podría empezar a comer poco a poco y que debería empezar por las frutas. Al día siguiente papá y mamá, cámara en mano, registraron el momento de mi primera merienda de compota de manzana. Me gustó muchísimo y para sorpresa de mis padres pude comer con cuchara sin untarme demasiado: Pero, como la ocasión requería de la foto con mi cara llena de manzana, a mamá se le derramó algo en mis mejillas y dispararon hasta conseguir la foto perfecta.
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